Navegando por esta, nuestra red de la información, he ido a parar casi por casualidad a una página cuanto menos curiosa dónde un señor llamado Guzmán Urrero, ayudado por Javier Sánchez Ventero (omítase la rima publicista), se ha molestado en buscar el origen de ciertas palabras y/o expresiones.

 

Postearé algunas de las más curiosas y os dejaré el enlace por si queréis saciar vuestro ánimo con otras expresiones o con la versión extendida de las explicaciones (merece la pena si tenéis unos minutillos).

 

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Esto es papel mojado

Entre las creaciones del escritor Juan José Millás ocupa un lugar notable Papel mojado (1983), título que, por sugerencia, nos lleva a interrogarnos por el modismo que ahí mismo figura. Puesto que el novelista se detiene, con obsesivo detalle, en la permanencia de las palabras, cabe imaginar que un papel arruinado por el agua vale tanto como una idea que se borre o una inspiración que caiga en el olvido. Por ahí adquiere substancia este papel mojado, que viene a ser el de escasa o nula importancia, o que prueba bien poco para un determinado asunto. Es, por tanto, una cosa inútil, inconsistente o malograda.

 

Guzmán Urrero

 

Andarse (o irse) de picos pardos

El eufemismo -porque de eso se trata- Andar o ir de picos pardos equivale a ir de juerga o buscando diversión; entregarse a cosas inútiles o torpes e ignorar las útiles y provechosas, con el único fin de no trabajar. Probablemente pensaba en esto don José María Carnerero, aquel noble escritor del siglo XIX que estrenó la comedia El marido en picos pardos (1830). Teniendo en cuenta la fecha de la pieza, podemos creer que sus picos pardos traducen una diversión carnal y decadente, ignorada por la gente de firmes principios morales.

En épocas pasadas, nos cuenta, estas señoras «tenían que vestir como se les ordenaba. Según las Ordenanzas de la Casa Pública de Sevilla, no habían de usar vestidos talares, ni sombrillas, ni guantes, sino una mantilla para los hombros, corta y encarnada». En suma, algo así como un uniforme, un atavío en regla con el que dar a conocer, sin confusión, su oferta indecorosa y relajada.

¿Por qué aludimos en este punto a un pasatiempo voluptuoso? Responde a la duda una prenda: el manto con extremos de color pardo y el jubón con picos del mismo color.

Escuchemos a Luis de Montoto y Rautenstrauch, quien menciona ese paño en Un paquete de cartas de modismos, locuciones, frases hechas, frases proverbiales y frases familiares (1888). Al decir de don Luis, los picos pardos distinguieron en otro tiempo a las mujeres de vida airada, a las mozas de partido, descarriadas de la senda de la inocencia.

 Guzmán Urrero

 

¡Que viene el coco!

A la hora de acostar a sus retoños, muchos padres escogen la definición de miedo que figura en esta nana tan amenazadora: «Duérmete niño mío, / que viene el coco / y se lleva a los niños / que duermen poco». Decimos coco y con esa palabra damos forma a un espectro poderoso, capaz de arruinar la vida a los niños insomnes. El coco es un espantajo, un fantasma que acaso también sepa cocar; esto es, hacer el mismo sonido que producen los monos cuando organizan su jarana selvática. Sin duda, la criatura es repulsiva, a tal extremo que parecer o ser un coco equivale a ser muy feo.

Guzmán Urrero

 

No hay tu tía

En realidad, No hay tu tía es la cómoda y graciosa alteración de la frase No hay tutía o atutía. ¿Y qué diantre es la atutía? Desvelemos el enigma: al decir de los expertos, esa tutía era en realidad un medicamento, una substancia que los antiguos empleaban para aliviar las dolencias oculares.

Así, pues, el remedio que aquí se anhela metafóricamente es de orden medicinal, y sólo se explica en un contexto de retraso científico.

Guzmán Urrero

 

A la chita callando

Con evidente gracia, decimos a la chita callando cuando alguien acomete una acción de forma disimulada, con mucho secreto, en silencio, sin ser notado. Hay otros modismos que, como ahora veremos, pertenecen a la misma familia.

Por ejemplo, dar en la chita, que significa dar en el hito, comprender o acertar el punto central de un problema. Aún hay más: No dársele a alguien dos chitas de una cosa equivale a no importarle un bledo. Por esta vía desdeñosa, no importar o no valer una chita adquiere ese mismo significado.

Un chiticalla es una persona muy callada, prudente y reservada, que no descubre ni revela lo que ve, y asimismo, algo que se desea esconder o reservar en silencio.

Guzmán Urrero

 

Mañana será otro día

Francisco Rodríguez Marín (1855-1943), con el ansia noble de buscar sentido a este dicho, incluyó el modismo en sus Cantos populares españoles (1882-1883).

Su autoridad en este campo resulta, por consiguiente, de excepcional importancia. Según indica el sabio, los andaluces dilatan la frase y apuntan hacia su sentido genuino: Mañana será otro día y verá el tuerto los espárragos. Tal era la fórmula original, sujeta a un muy claro vínculo con una anécdota que ahora mismo requiere su glosa.

Dice Rodríguez Marín que el tuerto del dicho salió a recoger espárragos en la oscuridad de la noche. Sumemos la tiniebla nocturna a su defecto ocular, y entenderemos por qué, al no acertar en la furtiva recolección, dijo el tuerto aquello de mañana será otro día.

Guzmán Urrero

 

Apaga y vámonos

Se ve que la historieta que antecede a este modismo sucedió realmente en el pueblo alpujarreño de Pitres, término municipal que conocemos con el nombre árabe de La Tahá, y que se alza a orillas del río Bermejo. Al parecer, los dos sacerdotes del cuento cruzaron una apuesta con el fin de saber quién de ambos era capaz de decir la misa con mayor brevedad.  El primero de ellos, en lugar de usar la fórmula inaugural de la liturgia, Introibo ad altare Dei, abrió la ceremonia por el final: Marchad, vosotros sois enviados. Dicho en latín: Ite missa est. El segundo clérigo, al observar de qué modo tan desvergonzado condensaba su competidor la eucaristía, se volvió al monaguillo para decirle: Apaga y vámonos.

Ni que decir tiene que la broma, inocente donde las haya, debió de hacerle gracia al padre Sbarbi, quien decidió integrar este chiste en la posteridad de sus escritos.

Guzmán Urrero

 

Prometer el oro y el moro

Apunta José María Iribarren que quizá la expresión provenga de la de querer el oro y el moro, inspirada en un acontecimiento sucedido en Jerez el año 1426. Para reforzar esta hipótesis, el estudioso echa mano de un relato publicado por Javier Piñero en las páginas de Alrededor del mundo el 15 de marzo de 1900.

Dice el cuento de Piñero que un grupo de paladines jerezanos, sobriamente armados, vencieron a una partida de caballeros musulmanes, tomando presos a cuarenta de ellos. Entre los cautivos había dos personajes de postín, el alcalde de Ronda, Abdalá, y el sobrino de éste, Hamet. Pagando una elevada cantidad, el primero logró la libertad, pero no sucedió lo mismo con su joven pariente. Ni siquiera la intercesión del rey don Juan II convenció a los captores, deseosos de extraer un mayor beneficio de su hazaña. Con gracia pintoresca, la esposa del caballero Fernández de Valdespino argumentó sus razones para no liberar a Hamet.
A su leal entender, los grandes gastos invertidos en el mantenimiento del secuestrado precisaban un rescate superior a las cien piezas de oro. Por otro lado, los hidalgos comprometidos en esta operación discutían sobre cómo distribuir la recompensa. Al fin, el monarca hizo que Hamet fuera llevado a su presencia. Ello, claro está, disgustó a los caballeros de nuestra historia, quienes acaso hicieron circular el rumor de que Juan II quería el oro y el moro.

Aunque podríamos dar crédito a este relato, preferimos sostener la cautela del mismo Iribarren, quien juzga más probable que el modismo sea, tan sólo, una ingeniosa fórmula de repetición, al estilo de en ares y mares; a troche y moche; orondo y morondo; sin chistar ni mistar, o de la Ceca a la Meca.

Guzmán Urrero

 

Y esta, especialmente dedicada a mi amigo Oraculador:

A Dios rogando y con el mazo dando

(…) nos interesa de forma muy especial el modo en que Juan de Mal Lara describe los orígenes de esta expresión:

«Dicen que un carretero llevaba un carro cargado y que se le quebró en el camino por donde venía San Bernardo, a quien se llegó, por la fama de su santa vida que hacía, y rogole que Dios por su intercesión le sanase el carro. El santo dicen que le dijo: Yo lo rogaré a Dios, amigo, y tú, entre tanto, da con el mazo. Otros dicen que fue el dicho de un entallador, que había de hacer ciertos vultos (caras), y con “Dios quiera que se hagan”, no ponía la mano en ellos, hasta que le dijo su padre: A Dios rogando y con el mazo dando».

Guzmán Urrero

 

En fin, que si tenéis tiempo y sois curiosetes como yo aquí tenéis una larga lista , muy completita y bien documentada, con el origen de muchas expresiones que utilizamos (unos más que otros) casi a diario.

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